Por Isabel Cervera. Técnico en Cuidados de Enfermería

Leo hace dos días que dos compañeras de diferentes áreas de salud del País Valenciano han fallecido… Hay tantas emociones e impotencia acumulada a estas alturas del estado de shock al que nos han sometido que resulta paralizante escribir, pero se impone la necesidad de gritar de nuevo contra esta barbarie.

Nos hemos cansado de decirlo: las y los sanitarios trabajamos sin medios ni protección para nuestra propia seguridad y la del paciente, porque este no es un reclamo de unos medios de proteccion a los que tenemos derecho tan solo los profesionales, sino un clamor por la salud pública. Estamos diciendo que nos han convertido en vectores de transmisión hacia los pacientes, decimos que la organización del trabajo es temeraria, que las y los pacientes acaban amontonándose en salas de espera habilitadas para los “positivos” y para los “posibles”. Así que, tras pasar por el hospital como posible, tal vez se vaya de alta positivo.

Decimos que en la conciencia de un profesional sanitario no es humano tener que decidir sobre quién vive y quién no, es terrorifico…

Decimos que, de una vez, se expropien los recursos de la privada para este enorme desastre colectivizado, para salvar a todos y todas, para trabajar en condiciones dignas, para hacer a la vez prevención y educación para la salud.

Decimos que urge la ayuda de los profesionales sanitarios cubanos, que su experiencia y recursos están más que demostrados.

Decimos que se pongan las empresas a disposición de la imperiosa necesidad colectiva y se fabriquen respiradores, EPIs…

Decimos que no pueden cerrarse los centros de atención primaria, que es la puerta principal a la resolución correcta y organizada de la salud de la población.

Decimos que las actuaciones administrativas no pueden estar por encima de las sanitarias en este momento y su consecuencia es la preparación en la conciencia del común para la aceptación de una sociedad militarizada y controlada socialmente.

A pesar de todo lo que decimos y de ser aplaudidos a las 8 de la tarde y de los anuncios de grandes corporaciones “agradeciéndonos nuestra labor”, esas muestras de agradecimiento pretenden comprar nuestro silencio que también está en jaque, es la exaltación del patrioterismo (qué buenos somos, qué gran país) y el sometimiento, del ser héroes kamikazes como los que eran echados a los leones sin defensa alguna, porque es muy fácil aplaudir el sacrificio en esta sociedad alienada. No, señoras y señores, no queríamos se mártires, pero esa mezcla de aceptación, miedo y sumisión al sistema nos ha condenado al personal sanitario, como poco, a la enfermedad, cuando no a la muerte como en el caso de las compañeras fallecidas por covid 19. Porque cuando hubo que llenar las calles contra la privatización de la sanidad a ustedes les pareció que esta ya era bastante aceptable.

Se habla mucho de colapso de la sanidad en estos días, pero ¿saben ustedes que ese colapso ya existía antes de esta pandemia? ¿Saben ustedes que durante los picos epidemiológicos se hacinaban los pacientes en las áreas de urgencias? ¿Saben que no se cubrían, ni se cubren, algunas bajas del personal a pesar de la urgencia del momento? ¿Creyeron ustedes que esta sanidad que llaman pública era realmente así? ¿Saben que del presupuesto sanitario, que pagamos todos y todas con nuestros impuestos, la sanidad privada percibe el doble que la pública? Esa que ahora hace ERTEs y solo se queda las partes rentables?

El precio del expolio, robo, desmantelamiento, está saliendo demasiado alto. La vida de estas dos compañeras que componen ese 20% del personal sanitario contagiado en el País Valenciano eran muy valiosas y no quiero ni pensar en la soledad que se han ido por “obedecer las órdenes del ministerio” que es el perverso eufemismo que te dicen cuando mendigas los equipos de protección, bonito epitafio para una lápida. Todo esto duele en los cojones del alma como decía Miguel, cuando desde el aislamiento pierdes al ser más querido sin poderlo despedir y percibes como propio el profundo y gratuito dolor al que estamos abocados.

Caes en la cuenta entonces que cuanto peor se hagan las cosas, mayor será el plazo de tiempo en que estaremos bajo control de esas fuerzas del orden y las otras de índole informática, telefónica etc. mayor efectividad para ese proyecto de control social.

Compruebo además, el día siguiente a estas desgarradoras noticias sobre la muerte en acto de servicio de estas compañeras que aún se puede llegar más lejos y como colofón a esta ignominia, pero sobre todo como legitimación de esa ocupación de lo público por parte de las fuerzas del “orden”, la policía llama frente al hospital Peset al minuto de silencio refiriéndose a una de las victimas de esta temeridad como “compañera”. ¿Cómo se atreven a esa usurpación profesional?… No somos compañeras ni de la policía ni de los militares, sino de quienes nos jugamos la vida codo a codo en este orden establecido que rescata a los mercados y las empresas y no a las personas, déjennos en paz, no contribuiremos al establecimiento de una sociedad policial y militarizada, solo queremos continuar siendo obreras y obreros de una sanidad publica, suficiente, participativa y digna.

Así que, por favor, ciudadanos que aplauden todas las tardes a las 8, coloquen ustedes pancartas en sus balcones donde diga que este deterioro y privatización sanitario y social mata, y sustituyan los aplausos por cacerolas como preludio de un estado de conciencia en evolución y sustituyan una vez sea posible, ese ruido desde las ventanas por el calor humano de quienes se movilizan en las calles. Solo este paso adelante nos salvará colectivamente, ya no hay cabida para el sujeto individual, así que la muerte de una enfermera, TCAE, celador, médico, limpiadora…, hemos de sentirla como propia desde la cercanía que requiere esta transformación de la humanidad que está en curso. De nosotras dependerá su deriva.